Por Pedro Pesatti
Siento mucha compasión por los sectores que habitualmente se reconocen a sí mismos como antiperonistas o por odiar a los zurdos o por incomprender las expresiones populares. Los compadezco porque imagino el peso de las frustraciones que deben cargar en sus vidas. El campo donde la antinomia se desenvuelve es un verdadero páramo.
Ahí no nacen los Indios, los Diegos, los Franciscos, las Evita, los Dolina, las Lali, los Wos, los Trueno… Tampoco germinan los Cortázar ni los Fontanarrosa, no brota la pluma de un Discépolo ni la inmensidad de un Yupanqui o la voz de una Mercedes. En esa tierra árida no hay lugar para un Fito, un Spinetta, un Charly o un Riquelme. Casi no nace nada; hay mucha sal en ese páramo que no deja que germine la verdadera polifonía de nuestra cultura por la pobreza de su suelo. Y cuando nacen, salvo honrosas excepciones, son arbustos, plantas achaparradas, sin flores que deslumbren a nadie.
Como argentino sueño con la unidad nacional para que todos podamos compartir la parte más fértil de nuestro pueblo y que el antiperonismo —lo antipopular, para ser más estrictos y precisos— descubra que no tiene sentido vivir en un espacio regado con la sal del desprecio y de tanto odio que viene de tan lejos, para que algún día podamos comprendernos en un abrazo.






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