Por Aldo Martín – https://aldomartin.ar/
“Las sinagogas permanecieron en su santidad y las profanaron. Toda … merece que el Santo, bendito sea, la destruya y nosotros regresemos allí. Sabemos que cuando llegue la redención, entonces será tal heroísmo del pueblo de … frente a todas las naciones, como señal del engaño de esa turba de que no es un pueblo. Se llaman a sí mismos pueblo …, pero no son un pueblo. Nunca han sido un pueblo. No son un pueblo y no tienen derechos aquí. Los derechos son nuestros.”
Ahora hagamos un ejercicio sencillo, sin cambiar una sola palabra del razonamiento.
¿Qué ocurriría si estas mismas afirmaciones fueran pronunciadas por un importante líder religioso de Irán?
¿Serían presentadas como una expresión religiosa radical?
¿Serían interpretadas como una negación de la existencia y de los derechos de otro pueblo?
¿Se hablaría de fanatismo religioso?
¿Se preguntaría si esas palabras constituyen una forma de incitación a la violencia o de legitimación de una política de expulsión?
Y, probablemente, aparecería inmediatamente una pregunta todavía más grave:
¿Hasta qué punto un discurso religioso que niega los derechos colectivos de una población puede convertirse en una justificación moral para despojarla de su territorio?
La pregunta merece hacerse independientemente de quién pronuncie las palabras.
Porque el principio humanitario debería ser sencillo:
Si una determinada retórica es considerada peligrosa cuando la pronuncia un dirigente religioso musulmán, también debería ser cuestionada cuando la pronuncia un dirigente religioso judío.
No porque ambas situaciones sean idénticas, sino porque la dignidad humana no debería depender de quién habla ni de quién es el destinatario de sus palabras.
¿Quién pronunció realmente estas palabras?
No se trata de una frase atribuida a un personaje anónimo.
Las declaraciones fueron realizadas por David Yosef, actual Gran Rabino sefardí de Israel y Rishon LeZion. La institución del Gran Rabinato israelí tiene dos grandes rabinos: uno sefardí y otro ashkenazí. Yosef ocupa el cargo sefardí desde 2024.
La declaración fue difundida públicamente y medios que reprodujeron el discurso atribuyeron a Yosef las expresiones sobre la destrucción de Gaza, el regreso de los judíos y la negación de la existencia de un pueblo palestino con derechos sobre ese territorio.
Hay, además, una precisión importante para no exagerar el alcance de la frase:
Que Yosef diga que una población “no es un pueblo” no significa que jurídicamente esa población carezca de derechos.
Los derechos humanos no dependen de que un dirigente religioso reconozca o niegue la existencia nacional de un pueblo.
Pero hay una segunda cuestión: las palabras y los hechos
Aquí es donde la discusión se vuelve más compleja.
No alcanza con analizar una declaración religiosa aislada.
Hay que observar también qué ocurre cuando el discurso sobre el territorio y la expulsión coincide con políticas concretas de desplazamiento.
En 2025, Israel ordenó evacuaciones masivas de Gaza City antes de una ofensiva militar. Reuters informó entonces que la orden afectaba a una ciudad donde vivían aproximadamente un millón de personas y que la mayoría de la población de Gaza ya había sido desplazada.
Y las declaraciones de altos funcionarios israelíes han ido más allá de una evacuación puntual de zonas de combate.
El ministro de Defensa, Israel Katz, ha hablado de evacuar a civiles de zonas determinadas y, en declaraciones de 2025, llegó a referirse a la posibilidad de que personas de Gaza pudieran trasladarse “voluntariamente” a otros países, dentro de una visión respaldada por el gobierno israelí.
Más recientemente, el 23 de agosto de 2026, Katz volvió a ordenar preparativos para evacuar barrios y zonas desde las que se hubieran lanzado globos, cometas o drones, mientras Netanyahu advertía de una intensificación de las medidas militares.
Aquí aparece la pregunta humanitaria inevitable:
¿Cómo se puede “evacuar” a una población cuando se trata de cientos de miles o millones de personas que no tienen otro lugar seguro al cual regresar?
Una evacuación militar temporal tiene una lógica jurídica y militar específica cuando existe un peligro concreto e inmediato.
Pero otra cosa muy diferente sería utilizar las evacuaciones como mecanismo para vaciar permanentemente un territorio de su población.
Esa diferencia es fundamental.
El problema de los números
Gaza no es un territorio vacío.
Es una de las zonas más densamente pobladas del mundo.
Por eso, cuando un dirigente político o militar habla de “evacuar” una zona, la pregunta humanitaria no puede limitarse a:
“¿A dónde deben ir?”
Hay que preguntar:
¿Cuántas personas?
¿Durante cuánto tiempo?
¿Existe realmente un lugar seguro?
¿Hay agua, alimentos, hospitales y refugio suficientes?
¿Pueden regresar?
¿Quién garantiza que podrán regresar?
Y sobre todo:
¿La evacuación es realmente temporal o se está convirtiendo en desplazamiento permanente?
Porque jurídicamente y moralmente no son lo mismo.
El mismo criterio para todos
También sería un error utilizar estas declaraciones para construir una acusación colectiva contra el judaísmo.
David Yosef no representa al conjunto del judaísmo.
Del mismo modo que un ayatolá iraní no representa automáticamente a todos los musulmanes.
Y un dirigente de Hamas tampoco representa a todos los palestinos.
La responsabilidad corresponde a quien pronuncia, ordena o ejecuta una determinada política, no a una religión entera.
Por eso este análisis trata de evitar una trampa muy peligrosa:
judíos ≠ gobierno israelí ≠ ejército israelí ≠ extrema derecha israelí ≠ David Yosef.
Del mismo modo:
musulmanes ≠ Irán ≠ gobierno iraní ≠ Hamas.
Si no hacemos esas distinciones, terminamos reproduciendo precisamente la lógica de generalización que pretendemos cuestionar.
Y volvemos a la pregunta inicial
Si un importante dirigente religioso iraní dijera:
“Ese otro pueblo no existe, no tiene derechos sobre esta tierra, Dios destruirá su territorio y nosotros regresaremos allí”,
¿sería razonable que el mundo prestara atención?
Sí.
¿Sería legítimo analizar esas palabras como una expresión de fanatismo religioso y de negación de los derechos de otra población?
Sí.
Entonces el mismo estándar debe aplicarse cuando las palabras proceden de un dirigente religioso israelí.
No porque Israel e Irán sean equivalentes.
No porque sus sistemas políticos sean iguales.
No porque sus responsabilidades históricas sean idénticas.
Sino por una razón mucho más elemental:
la vida y los derechos de los civiles no deberían cambiar de valor dependiendo de quién sostiene el arma, quién gobierna el territorio o qué religión invoca para justificar sus acciones.
La cuestión verdaderamente importante no es decidir qué religión es más fanática.
Es preguntarnos qué sucede cuando la religión, el nacionalismo y el poder militar comienzan a utilizarse conjuntamente para negar al otro su condición de ser humano con derechos.
Ahí la discusión deja de ser exclusivamente israelí, palestina, iraní, judía o musulmana.
Se convierte en una cuestión humana.





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