Por Aldo Martín – https://aldomartin.ar/
1. Los hechos
El 18 de agosto de 2026, el ministro de Seguridad Nacional de Israel, Itamar Ben Gvir, anunció el inicio de la construcción de una «unidad especializada» para ejecutar en la horca a palestinos condenados por terrorismo en Cisjordania. La instalación, ubicada en el centro del país, incluirá palcos o cabinas para que las familias de las víctimas puedan presenciar las ejecuciones.
Esta medida se basa en una ley aprobada por el Parlamento israelí en marzo de 2026, que establece la pena de muerte en la horca como castigo predeterminado para los residentes de Cisjordania condenados en tribunales militares por actos terroristas letales. La norma se aplica exclusivamente a los palestinos, ya que los ciudadanos israelíes son juzgados en tribunales civiles y no están sujetos a ella. La ejecución debe realizarse en un plazo de 90 días tras la sentencia.
2. La intención del castigo ejemplificador
Ben Gvir ha sido explícito: «Nuestros terroristas solo merecen una cosa: la muerte en la horca». En un video publicado en su canal de Telegram, afirmó: «Prometí empeorar las condiciones de detención de los terroristas en prisión, y lo cumplí. Prometí aprobar una ley de pena de muerte para terroristas, y también se aprobó. Y ahora, el pabellón de condenados a muerte y la horca están tomando forma».
La lógica del castigo ejemplificador descansa en la disuasión: la ejecución pública o semipública busca infundir temor para desalentar futuros actos. Sin embargo, la eficacia disuasoria de la pena de muerte es empíricamente discutible, y en contextos de conflicto asimétrico, donde los actos de violencia suelen estar motivados por factores políticos, religiosos o de resistencia a la ocupación, el efecto disuasorio es aún más incierto.
3. El componente del espectáculo: palcos para presenciar ejecuciones
El elemento más perturbador de esta medida es la instalación de palcos para que las familias de las víctimas presencien las ejecuciones. Ben Gvir justificó esta decisión afirmando que es «como es costumbre en muchos países».
Convertir una ejecución en un espectáculo con audiencia tiene profundas implicaciones:
- Deshumanización: Transforma al condenado en un objeto de escarnio público, negándole su dignidad humana incluso en el momento de su muerte.
- Escalada de la violencia simbólica: No se trata solo de matar, sino de humillar y exhibir el poder del verdugo sobre el condenado.
- Ciclo de odio: La exposición de las familias de las víctimas a la ejecución no solo no cierra heridas, sino que perpetúa y profundiza el resentimiento, sembrando semillas de futura violencia.
Estoy señalando, «la puesta en escena de ejecuciones como un espectáculo para ser visto por una audiencia marca un descenso adicional hacia la brutalidad abierta» por parte de un ministro que ha construido su carrera sobre la persecución de palestinos.
4. La aplicación discriminatoria de la ley
Un aspecto central es la selectividad de la norma. La ley de pena de muerte se aplica exclusivamente a los palestinos juzgados en tribunales militares, mientras que los ciudadanos israelíes son juzgados en tribunales civiles y quedan exentos.
Esta dualidad jurídica plantea serias cuestiones sobre igualdad ante la ley y debido proceso. Los tribunales militares en Cisjordania tienen tasas de condena cercanas al total y los acusados palestinos no gozan de las mismas protecciones que un sistema civil. Diputados árabes-israelíes han recurrido al Tribunal Supremo para anular la ley, argumentando que viola los derechos a la vida, la dignidad y la igualdad, y que discrimina a los palestinos.
5. El contexto político
El anuncio de Ben Gvir se produce aproximadamente un mes antes de las elecciones generales israelíes. La presentación de la horca como un logro de campaña resulta reveladora:
- «Ben Gvir ha elegido hacer de la maquinaria de ejecutar palestinos una pieza central de su mensaje de cierre a los votantes israelíes, tratando la promesa de ahorcamientos como un activo electoral».
- La medida parece responder tanto a la presión electoral sobre su sector de extrema derecha como a la urgencia por consolidar su agenda mientras aún tiene la cartera de Seguridad.
6. ¿Quién es «terrorista»? El estigma selectivo
La pregunta final que me planteo es central: ¿el estigma de «terrorista» es selectivo? ¿O es terrorista un gobierno que bombardea civiles?
Desde una perspectiva de análisis desalineado, puede afirmarse que:
- El término «terrorismo» no es un concepto neutral, sino que está profundamente politizado. Su aplicación suele depender de quién lo usa y en qué contexto.
- El derecho internacional humanitario establece que los ataques intencionados contra civiles son crímenes de guerra, independientemente de quién los cometa.
- El ministro Ben Gvir ha declarado abiertamente que «Israel debe matar de 30 a 40 palestinos cada noche en la Franja de Gaza», y ha justificado sus crímenes argumentando que las víctimas «no merecen vivir» y que «ni siquiera son personas».
- Desde el 7 de octubre de 2023, al menos 104 prisioneros han muerto bajo custodia israelí, muchos de ellos por tortura, negligencia médica y privación de alimentos, según datos de la ONG Médicos por los Derechos Humanos Israel.
Si la definición de «terrorismo» incluye el uso intencionado de la violencia contra civiles con fines políticos, entonces la distinción entre «terrorista» y «agente estatal» se vuelve borrosa cuando un gobierno bombardea zonas civiles o establece un sistema de ejecuciones públicas.
7. El costo: fomentar el odio y la radicalización
La medida, lejos de pacificar el conflicto, parece diseñada para profundizar la hostilidad:
- Dentro de la misma etnia o creencia: La política de ejecuciones selectivas y el espectáculo público pueden generar divisiones internas entre los palestinos, pero también unificar a la población en torno a la resistencia contra un opresor común.
- Entre familias y comunidades: La ejecución presenciada por las familias de las víctimas israelíes no solo no cierra el ciclo de violencia, sino que lo escenifica y legitima, creando nuevas víctimas y nuevos dolores que alimentarán futuros ciclos de venganza.
El anuncio de Ben Gvir representa una institucionalización de la brutalidad como herramienta política y electoral. La construcción de una horca con palcos para espectadores no responde a una lógica de justicia o disuasión, sino a una lógica de dominio, humillación y espectáculo que profundiza la deshumanización del otro.
El verdadero desafío no está en debatir si la pena de muerte es legítima, sino en preguntarse: ¿qué tipo de sociedad construye una horca con palcos? Y, más allá, ¿cómo puede romperse un ciclo de violencia donde ambas partes definen al otro como «terrorista» mientras se arrogan para sí el monopolio de la legitimidad?
La historia sugiere que la violencia institucionalizada como espectáculo no genera paz, sino más odio, más radicalización y más sufrimiento.
El problema de la deshumanización
Aquí aparece quizá la conexión más profunda entre la pena de muerte y el conflicto.
Una sociedad comienza a acostumbrarse a dividir a las personas entre:
quienes merecen vivir
y
quienes no merecen vivir.
Cuando esa división se institucionaliza, la muerte del enemigo puede dejar de percibirse como una tragedia y empezar a presentarse como una solución.
Ese proceso es peligroso independientemente de quién sea el enemigo.
La historia demuestra que la deshumanización es uno de los mecanismos que permiten que la violencia extrema se vuelva socialmente aceptable.
El Paralelismo Histórico: Roma como Espejo
En la antigua Roma, las ejecuciones públicas no eran meros actos de justicia, sino eventos centrales del entretenimiento y la afirmación del poder imperial. La famosa fórmula «pan y circo» (panem et circenses) describía cómo el Estado mantenía a la plebe contenta y distraída mediante espectáculos brutales, a menudo financiados con el botín de las guerras.
- Ejecuciones como espectáculo: Los condenados eran arrojados a las fieras (damnatio ad bestias) o forzados a luchar hasta la muerte en los anfiteatros.
- El Coliseo como escenario: Este emblemático anfiteatro, con capacidad para 80.000 espectadores, era el escenario principal de este macabro «divertimento».
- Víctimas judías y cristianas: Tanto judíos como cristianos fueron víctimas de esta maquinaria. Tras la destrucción de Jerusalén en el 70 d.C., el historiador Flavio Josefo documentó que el general (y futuro emperador) Tito organizó juegos donde 2.500 prisioneros judíos fueron forzados a pelear contra fieras.
- Los cristianos y Nerón: El emperador Nerón (54-68 d.C.) culpó a los cristianos del Gran Incendio de Roma y los sometió a ejecuciones públicas atroces. El historiador Tácito relata que fueron cubiertos con pieles de fieras y despedazados por perros, o crucificados y quemados como «espectáculo» (spectaculo) en sus propios jardines
Un Peligroso Retorno al Pasado
La simetría con la Roma imperial es inquietante porque revela una regresión a una lógica donde el castigo no busca la justicia o la reinserción, sino la humillación, el escarmiento público y la afirmación del poder a través del sufrimiento del otro.
El hecho de que un Estado moderno, con sistemas legales complejos, contemple la creación de un escenario para ejecuciones públicas es un síntoma de una profunda crisis ética y política. Como en la antigua Roma, este tipo de espectáculos no resuelven los conflictos; los perpetúan y envenenan, generando un ciclo de odio y sed de venganza que puede durar generaciones. La historia de Roma, que eventualmente cayó, es un recordatorio de que los imperios construidos sobre la opresión y el espectáculo de la violencia son, a largo plazo, insostenibles.
Y las palabras importan.
Cuando un ministro afirma que determinados seres humanos «no son personas», la cuestión deja de ser solamente militar.
Se convierte en una cuestión sobre qué límites morales reconoce el Estado para sí mismo.
8. ¿Puede una ejecución cerrar el ciclo de violencia?
Ésta es probablemente la pregunta central.
Una familia que perdió a un ser querido en un atentado puede sentir que la ejecución del responsable representa justicia.
Ese sentimiento no debe ser despreciado.
Pero una política de Estado no puede construirse únicamente sobre la necesidad emocional de venganza.
Porque el condenado puede morir, pero las causas políticas del conflicto permanecen.
La ocupación permanece.
Las organizaciones armadas permanecen.
El resentimiento permanece.
Las familias de los muertos permanecen.
Y las nuevas generaciones reciben una narrativa adicional de agravio.
Por eso una ejecución puede terminar con la vida de una persona, sin necesariamente terminar con el conflicto que produjo la violencia.
Incluso puede convertirse en un nuevo episodio dentro de la misma cadena de represalias.





0 comentarios