CIMIETOS PERONISTAS
Volvemos a referirnos al Peronismo como el hecho político que trocó en Modo de Vida. Ese que se instaló poco a poco con eje en la industrialización generadora de riquezas y de empleo con el claro planteo de 8 horas de trabajo, 8 para el descanso y 8 para el esparcimiento. Un esquema que permitía el flujo de las potencialidades individuales para el crecimiento colectivo. Y que se daba dentro de una maquinaria social -vivienda, educación, salud- impulsora de un Estado regulador de la infraestructura para acoger el mar de iniciativas devenidas de nuestra rica diversidad, atendiendo también a sus necesidades.
Esta ingeniería del buen vivir, que Perón rescata como innegable proceso de incorporación vital en el «Modelo Argentino…», fue sostenida durante años fundamentalmente por el sindicalismo. Con la fortaleza y lucidez necesarias para hacerlo en los tiempos del «cuesta arriba» de dictaduras y proscripciones. No es caprichoso, entonces, que se haya conocido al gremialismo como nuestra columna vertebral.
Hoy, el universo laboral muestra cambios significativos a caballo de la automatización productiva a nivel mundial, y de la mano de la devastadora y cruel destrucción del aparato productivo que provocan las medidas gubernamentales en el orden local.
Pero las raíces culturales están vivas. La población siente la pérdida y lo manifiesta con su inconformidad. Extraña lo anterior. Sufre las nuevas condiciones a las que no tardó en denominarlas como de sobrevivencia.
Junto a lo que queda de trabajadores y trabajadoras agrupados en las respectivas centrales, tendrá que ir tomando cuerpo la organización militante del resto, en defensa y recuperación de lo que supimos conseguir. Nos va en ello ya no sólo el futuro, sino el insoportable presente. Trabajoso panorama al que se asoma la tan reclamada e imprescindible unidad de la actual dirigencia del Movimiento.





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