PERON Y LA PROSCRIPCION Y EL EXILIO

Nicolás Salcito

Propietario y director de Haciendo Camino Ediciones Águila Mora Declarada de Interés Cultural (Res. Nº 2379/14)

agosto 12, 2026

Por Gustavo Matias Terzaga

Perón no sostuvo una única conducta política durante toda su proscripción y exilio. Pero lo cierto es que tuvo siempre una estrategia persistente de intervención política mediante candidatos, cuidado de las bases, alianzas y estructuras legales disponibles; siempre luchó con lo que tenía a mano. Sufrió, se entristeció y volvió, pero nunca su estrategia, directa o indirectamente, fue funcional a los intereses oligárquicos, mucho menos a los partidarios/electorales de la contra.

Toda proscripción de un líder popular resulta en una parálisis para el pueblo y para la política nacional. Pero aún proscripto, exiliado y con el propio peronismo prohibido en la Argentina, Perón no convirtió indefinidamente su imposibilidad personal de ser candidato o de retorno a la Argentina en la imposibilidad del movimiento de disputar poder; mucho menos en un capital político. De hecho volvió y arrasó en las urnas. Su estrategia tuvo marchas y contramarchas, pero siempre conservó una premisa fundamental; presentar la batalla posible con los instrumentos disponibles, promover candidatos cuando las circunstancias lo permitían, construir alianzas, preservar la organización y acumular fuerzas hasta modificar una correlación política que le era adversa, hasta volver. La proscripción recaía sobre Perón; la política del peronismo no podía quedar proscripta con él, hubo resistencia, fueron 18 años.

Si la inhabilitación de Cristina se convierte en el principio ordenador de toda la estrategia y cualquier construcción alternativa queda subordinada a la restitución previa de su libertad y su posibilidad de ejercer cargos públicos, aparece una paradoja muy difícil de resolver. Para revertir una proscripción y modificar las condiciones políticas que la hicieron posible se necesita poder; pero para construir poder político hacen falta candidatos habilitados, organización, ampliación electoral y mayoría y, sobre todo, inteligencia política. La gran diferencia es que el peronismo no está proscripto. Ña gran diferencia es que en un año podemos disputar y ganar una elección.

El ataque sobre Axel Kicillof por parte de Cristina adquiere relevancia justamente en este punto, porque constituye una iniciativa surgida de ella que procura, como único e inalterable fin, no ceder la conducción ni la centralidad política del escenario. La pregunta histórica, entonces, no es solamente quién conduce, sino algo anterior; si la imposibilidad electoral de la conducción de Cristina debe inmovilizar al movimiento que condujo para llevar al campo nacional y popular a una nueva derrota, o si nuestro movimiento debe presentar la batalla posible para reconstruir el poder necesario para cambiar las condiciones que produjeron aquella imposibilidad y, por sobre todas las cosas, reemplazar al actual gobierno de ocupación por una gestión peronista para intentar salir de este drama al cual asistimos.

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