Por Prof. Dr. Raúl Montenegro, Biólogo
TRUMP LO DECLARA MATERIA DE “DEFENSA NACIONAL” E ISRAEL LO APLICA ILEGALMENTE EN LIBANO PARA DESTRUIR SUS CULTIVOS.
REFLEXIONES SOBRE LA GUERRA, LOS GENOCIDIOS Y LA INSENSIBILIDAD DE LOS LÍDERES AL SUFRIMIENTO HUMANO.
La especie humana vive momentos de violencia, insensatez y horror. Hace pocos días el bombardeo conjunto de Israel y Estados Unidos asesinó a 165 niñas en una escuela de Minab, en Irán. Las bolsas negras primero, y las tumbas cavadas luego, una al lado de la otra, no generaron protestas internacionales. No puedo olvidar la imagen de una mochila de color rosa, de la cual salían cuadernos destrozados. Cuando los gobiernos de otros países aceptan en silencio lo ocurrido, o especulan hasta dónde puede ser bueno o malo condenar esa matanza, lo que hacen es convalidar la peor de las barbaries. Y al hacerlo, construyen una impunidad intolerable, naturalizan los asesinatos, y crean las condiciones para que las matanzas, tanto selectivas como masivas, vuelvan a ocurrir. Me resisto a aceptar, cualquiera sea el argumento esgrimido, que la muerte de 165 niñas no cuente, ni merezca juicio y castigo para sus autores. El rostro ancho y enrojecido de Donald Trump, la sonrisa permanente de Benjamín Netanyahu, y su silencio ante el asesinato, son una bofetada para la humanidad. Tan inaceptable como la represión letal de la Guardia Revolucionaria de Irán que, antes del ataque ilegal de Estados Unidos e Israel, dejó miles de muertos en las calles de Teherán. Está claro que distintos pueblos y culturas han dado un exceso de poder a líderes díscolos, fundamentalistas, ineptos para gobernar, e irresponsables. Este es el caso del presidente Javier Milei en Argentina. Además de promover la reforma de la Ley Nacional de Glaciares para beneficiar a las corporaciones mineras y desfinanciar las universidades públicas y la investigación científica, alineó al país con las políticas de los responsables de la muerte de 165 niñas inocentes.
Estos casos, y los de otros presidentes, primeros ministros, reyes y dictadores actuales, revelan cuatro hechos preocupantes: las peligrosas consecuencias sociales y ambientales de líderes que gobiernan con un exceso de poder individual; su control sobre los medios de comunicación, fuerzas armadas, policía y servicios secretos; la complicidad pasiva de quienes continúan apoyándolos, y la ineficacia (o silenciamiento) de mecanismos sociales que permitan controlar las malas decisiones de los gobernantes [4].
Entre tanto horror, descalabro e impunidad internacional, con una organización de las Naciones Unidas muy debilitada, dos noticias recorrieron casi silenciosamente los medios y las redes sociales. Esas dos noticias tienen en común al herbicida glifosato que desarrolló inicialmente Monsanto, y hoy es fabricado por innumerable cantidad de empresas químicas. Una de esas noticias tiene por protagonista a Donald Trump. La otra a Benjamín Netanyahu.
La buena ciencia ha demostrado que el glifosato y su derivado químico AMPA no son inofensivos. Crean riesgos importantes para la salud de las personas que consumen alimentos contaminados, y entre quienes estuvieron expuestos a su aplicación, mecánica o con aviones pulverizadores. También afectan la biodiversidad, y distorsionan el funcionamiento normal de los ecosistemas acuáticos y terrestres. Para la Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer, IARC, un organismo dependiente de la Organización Mundial de la Salud, el glifosato es un probable cancerígeno para humanos (grupo 2A). Lo ubican así por debajo de las sustancias del grupo 1, “cancerígenos humanos ciertos”, como el amianto o el arsénico, y por encima del grupo 2 B, “posibles cancerígenos humanos”, como el prohibido DDT o los nanotubos de carbono.
En febrero de este año, Donald Trump emitió una “Orden Ejecutiva” que, como tantas otras órdenes autoritarias y técnicamente indefendibles, lleva su firma en tamaño gigante y trazo grueso. Trump declaró al glifosato como material de “defensa nacional”. La insólita declaración beneficia no solamente a Monsanto/Bayer, sino también a todas las corporaciones que lo fabrican, y a quienes lo aplican a mansalva [1] [2]. El Centro de Seguridad Alimentaria de Estados Unidos, una organización no gubernamental que ha iniciado exitosas denuncias judiciales contra Donald Trump y su gestión, indicó que la Casa Blanca Casa “cruzó una vez más otra línea. El presidente Donald Trump firmó una Orden Ejecutiva declarando al glifosato -el herbicida asociado al cáncer con decenas de miles de acciones judiciales [en contra]- una materia de defensa nacional”. Su comunicado agrega luego: “el glifosato es una sustancia química ligada al linfoma de no-Hodgkin. Un plaguicida que contamina nuestros suelos, alimentos, aguas y cuerpos. Un herbicida que le ha permitido obtener a Monsanto/Bayer miles de millones de dólares de los bolsillos de los agricultores. Un producto que ha generado miles de millones de dólares en resarcimientos por daños y perjuicios en fallos judiciales contra Monsanto/Bayer. [Ahora] protegido de toda responsabilidad bajo la bandera del patriotismo” [1].
Al analizar las motivaciones de esa orden, el Centro de Seguridad Alimentaria agrega que “No se trata de seguridad alimentaria. No se trata de agricultores ni trabajadores agrícolas. No se trata de ciencia. Se trata de proteger a la industria química de la rendición de cuentas y de involucrar al país [Estados Unidos] en una espiral de plaguicidas tóxicos que ya se está desmoronando” [1].
Finalizan su comunicado indicando que “esta Orden Ejecutiva es solo una muestra más de lo poco que le importa [a Trump] el pueblo estadounidense y de lo lejos que está dispuesta a llegar su Administración para doblegarse ante corporaciones multinacionales con amplios recursos para hacer lobby. Con Pam Bondi al mando (una ex agente de lobby entre cuyos clientes se encuentra Bayer), el Departamento de Justicia solicitó a la Corte Suprema que elimine miles de millones de dólares en indemnizaciones a las víctimas del glifosato. Con la EPA [Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos] también en manos de la industria química, nos enfrentamos a todo el poder del Ejecutivo. Y nos negamos a rendirnos” [1].
Curiosamente, esa declaración de que el glifosato es una materia de “defensa nacional”, dos palabras que parecen exceder lo meramente agrícola, adquiere una sugestiva afinidad con otra noticia, donde se denuncia que el gobierno de Benjamín Netanyahu usó el glifosato como arma de guerra en el Líbano. En febrero de este año el gobierno libanés acusó a Israel de aplicar glifosato “un herbicida ligado al cáncer”, en campos agrícolas del sur del país [3]. El presidente del Líbano, Joseph Aoun, condenó lo que él llamó “un crimen contra la salud y el ambiente” y “una violación a la soberanía libanesa”, tras lo cual anunció que su gobierno utilizará todas las medidas legales y diplomáticas disponibles “para enfrentar esta agresión” [3]. El objetivo de Israel sería destruir la actividad agrícola en el sur de Líbano, donde actúa Hezbollah, y volverlo inhabitable. Los estudios efectuados por las autoridades libanesas detectaron, en las zonas pulverizadas por Israel, que las concentraciones encontradas de glifosato en el suelo “son 20 a 30 veces superiores” a las halladas en campos y cultivos que usan habitualmente ese herbicida [3].
El gobierno de Benjamin Netanyahu ha estado usando avionetas pulverizadoras para aplicar el herbicida. Esto quedó confirmado con declaraciones hechas por los cuerpos de paz de Naciones Unidas, quienes fueron alertados -por el gobierno de Israel- para que se mantuvieran “a cubierto” pues iban a aplicar “sustancias químicas no tóxicas” (sic). Cabe recordar que el gobierno de Israel ya ha sido acusado internacionalmente por usar bombas incendiarias, en especial fósforo blanco [3].
Resulta verdaderamente irónico y preocupante que el mismo pueblo que sufrió el genocidio Nazi durante la Segunda Guerra Mundial, genere -por decisión de sus líderes gubernamentales- no solo el genocidio del pueblo Palestino, sino también ataques químicos que destrozan vidas humanas y la ecología de los ecosistemas naturales y productivos en el sur del Líbano.
Las dos noticias analizadas encuadran, directa e indirectamente, en la creciente atmósfera internacional de miedo, odio, guerra y desprecio por la vida y la salud que percibimos hoy. La misma atmósfera que tiñó, a otras escalas, la mayor parte de la historia humana. Está claro que tanto el miedo como la ambición de poseer territorios y bienes, y defenderlos a cualquier precio, empuja a que los países tengan cada vez más armas y ejércitos. Ninguna nación escapa a esta maldición bélica, desde la Unión Europea y Rusia, pasando por los Estados Unidos e Israel, a países como Corea del Norte, Arabia Saudita o Taiwan. Lo trágico al final del día -del último día perfecto usando la imagen dada por Carl Sagan- es que las armas nunca sirven para disuadir. Las armas, ya sea un fusil, un artefacto nuclear o un plaguicida esgrimido como arma química, son finalmente usadas.
¿CÓMO CONVIVIR COTIDIANAMENTE CON LÍDERES CIVILES Y FUERZAS ARMADAS QUE NATURALIZAN EL GENOCIDIO?
Uno de los efectos colaterales usualmente no analizados es que las fuerzas armadas y los responsables de practicar variantes de guerra química y ecológica, naturalizan su tarea de matar, de destruir infraestructura, y de dañar ecosistemas. ¿Cómo contener socialmente en tiempos de paz a personas que estuvieron legalmente habilitadas para asesinar en masa, torturar personas, y destruir ciudades? ¿Son conscientes los gobiernos del peligro que representan personas con cargas psicológicas tremendas, y acostumbramiento a matar y dañar otros seres humanos? Cuanta más experiencia genocida e impunidad acumulan, es posible prever en ellos mayor insensibilidad y letalidad, desde un presidente belicista, a un piloto de avión bombardero.
Esto ocurre en Israel con los responsables de asesinar a miles de hombres, mujeres y niños en Gaza, Cisjordania y Líbano (IDF por sus siglas en inglés), pero lo mismo sucede con las fuerzas armadas de otros países, con los cuerpos policiales de represión, con los servicios secretos, con el terrorismo no gubernamental, y con el crimen organizado. La tecnología actual crea además otros contextos. La matanza a distancia con misiles y drones, que alejan al asesino de sus víctimas, silencia los cada vez más débiles frenos culturales éticos y morales. La muerte de civiles inocentes queda reducida, en los Estados Mayores de las fuerzas armadas, y en sus islas de computadoras, a imágenes digitales de explosiones y humaredas. Algo parecido sucede con la población civil alejada de los conflictos bélicos y de otros tipos de violencia. Cotidianamente se acostumbra a las matanzas que transmiten los noticieros, previo haber visto cientos de películas con asesinatos virtuales en masa. Ficción y realidad son cada más difíciles de distinguir.
La humanidad pierde definitivamente humanidad y respeto por sí misma cuando un presidente se muestra exultante y sonriente después del “exitoso” asesinato de sus enemigos. Cuando un terrorista disfruta la matanza de personas con su bomba casera. Cuando las armas, drones y misiles de cualquier fuerza armada transforman comunidades y vida cotidiana en depósitos de cadáveres, hierros retorcidos y escombros. Cuando un plaguicida que afecta la salud y el ambiente es declarado por un presidente irresponsable como vital para la defensa nacional. Cuando ya no alcanza ni la matanza y asesinato de personas inocentes, ni la destrucción de edificios, escuelas y hospitales, y se arrasa con plaguicidas un ambiente que tenía biodiversidad y aire sin contaminar hasta hacerlo inhabitable. Cuando los líderes de dos países militarmente poderosos rompen con total impunidad y cobardía la vida y los sueños de 165 niñas inocentes.
Prof. Dr. Raúl Montenegro, Biólogo
Profesor de Postgrado en la Universidad Nacional de Córdoba, Universidad de Buenos Aires, y Universidad Nacional del Comahue. Director, Campus Córdoba del Right Livelihood College (RLC).Ha sido Profesor Titular Plenario de Biología Evolutiva Humana (Facultad de Psicología, Universidad Nacional de Córdoba), Argentina. Presidente de FUNAM (Fundación para la defensa del ambiente). Recibió el premio Nóbel Alternativo 2004 en Estocolmo, Suecia (Right Livelihood Award), el premio Global 500 de Naciones Unidas en Bruselas (Bélgica), el premio por un Futuro Libre de Nuclear en Salzburgo (Austria) y el premio a la Investigación Científica de la Facultad de Farmacia y Bioquímica (Universidad de Buenos Aires, Argentina).
Teléfono y WhatsApp: +54 9 351 5125637
Email: biologomontenegro@gmail.com
REFERENCIAS
[1] Van Saun, A. 2026. “Glyphosate vs. Center for Food Safety”. Center for Food Safety, 6 de Marzo de 2026, 3 p.
[2] Gillam, C. 2026. “Trump order seeks to protect weedkillers at center of barrage of lawsuits”. The Guardian, Reino Unido, 19 de Febrero de 2026, 3 p. Accedido el 6 de Marzo de 2026, ver:
[3] Gayle, D. & W. Christou. 2026. “Lebanon. Israel accused of spraying cancer-linked herbicide on farms in southern Lebanon. The Guardian, Reino Unido, 5 de Febrero de 2026, 2 p. Accedido el 7 de Marzo de 2026, ver:
[4] Montenegro, R. A. 2023. “Human behavior, leaders with excess of power and risks of nuclear war”. En: “Reflections on Earth Trusteeships”, Ed. J. Sobion & H. van Willenswaard, Bangkok, Tailandia, pp. 78-112.
Campus Córdoba del Colegio de los Premiados con el Nobel Alternativo (Right Livelihood College) y FUNAM (Fundación para la defensa del ambiente).





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