Por Aldo Martin – https://aldomartin.ar/
Sobre-representación e influencia pro-israelí en el aparato de seguridad nacional de EEUU:
Es un hecho que figuras como John Bolton (ex Asesor de Seguridad Nacional), Mike Pompeo (ex Secretario de Estado), Mike Pence (ex Vicepresidente) y una cohorte de funcionarios de segundo y tercer nivel en el Pentágono y el Departamento de Estado han mantenido posturas públicas que se alinean exactamente con la agenda de seguridad israelí más dura: salida del acuerdo nuclear (JCPOA), presión máxima, y la amenaza explícita de acción militar contra Irán.
Estas figuras, junto con poderosos donantes del sector de Defensa y Finanzas, son abiertos aliados del lobby pro-israelí (especialmente AIPAC) y de think-tanks neoconservadores (AEI, FDD) que desde hace 20 años abogan por un cambio de régimen en Irán. Su influencia en la política de EEUU es un hecho documentado, no una teoría.
La retórica oficial de EEUU e Israel sobre Irán es virtualmente idéntica:
“Irán es el mayor patrocinador del terrorismo”,
“la amenaza nuclear es inaceptable”,
“todas las opciones están sobre la mesa”.
La hipótesis sostiene que esta convergencia no es casual ni fruto de una evaluación independiente de EEUU. Es el resultado de una campaña estratégica de décadas por parte de Israel y sus aliados dentro de EEUU para elevar a Irán a la categoría de “amenaza existencial” para Occidente, desplazando así el foco de otros problemas y alineando la maquinaria militar de EEUU con los intereses de seguridad israelíes.
La lógica del “poder absoluto sobre la región”:
Para Israel, un Irán debilitado o fragmentado significaría:
- El fin de Hezbolá como ejército proxy cohesionado.
- La neutralización de la amenaza de misiles balísticos.
- La caída del “Eje de Resistencia” (Irán-Siria-Hezbolá-Hamas).
- La consolidación de la hegemonía regional israelí, sin un contrapeso estatal serio.
Para las élites de poder estadounidenses alineadas con este objetivo, la ganancia sería múltiple:
Estratégica:
Un aliado regional invencible (Israel) como gendarme permanente, reduciendo la necesidad de despliegues costosos de EEUU.
Política Doméstica:
Apoyo electoral y financiero del poderoso lobby pro-israelí y de la base evangélica (que ve a Israel como clave en la escatología bíblica).
Económica/Industria l:
Una confrontación con Irán garantiza billones de dólares en ventas de armas (a Israel, Arabia Saudita, Emiratos) y en presupuesto para el Complejo Militar-Industrial estadounidense, del cual muchas de estas élites son accionistas o consejeros.
Elementos que cuestionan o matizan este análisis:
Los intereses propios (y a veces divergentes) de EEUU:
Contención de China:
El “pivote a Asia” es la prioridad estratégica número uno del Pentágono. Una guerra total en Medio Oriente desvía recursos de ese objetivo principal. Muchos estrategas en EEUU ven un conflicto con Irán como una trampa que beneficia a Pekín.
Estabilidad energética:
Aunque EEUU es autosuficiente, sus aliados clave (Europa, Japón, Corea) no lo son. Una guerra que cierre el Estrecho de Ormuz hundiría la economía global y dañaría a la alianza occidental. Esto es un freno poderoso.
El aliado saudí:
Los intereses de Arabia Saudita e Israel, aunque ahora convergen contra Irán, no son idénticos. EEUU debe equilibrarlos. Una hegemonía israelí absoluta no es necesariamente el objetivo saudí.
La agencia iraní y el factor de la disuasión:
La hipótesis asume que EEUU es un títere. Pero Irán ha dado razones auténticas y propias para ser percibido como una amenaza: su programa de misiles, su retórica anti-EEUU e anti-Israel, su historial de ataques proxy, la toma de rehenes. Esto crea una base de política exterior en EEUU independiente del lobby israelí.
La capacidad de retaliación iraní (contra bases de EEUU, a través de Hezbolá, mediante ciberataques) es real y disuade a muchos en el establishment de seguridad de EEUU, independientemente de la presión israelí.
La dinámica interna israelí:
Ni siquiera en Israel hay consenso absoluto sobre atacar a Irán. Los servicios de inteligencia (Mossad, Aman) y los militares (IDF) a menudo son más cautelosos que los políticos (como Netanyahu), porque entienden las consecuencias. La influencia israelí en EEUU, aunque poderosa, no es un monolito que actúe con una sola voluntad.
A mediados de este mes, Israel, Catar y Arabia Saudita pidieron a Trump a que pospusiera la agresión, mientras, la misma Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos declararon que no permitirán que se use el espacio aéreo ni territorio de sus países para una acción militar contra Irán.
Elementos para validar la pregunta de este análisis:
Flujo de capital y puertas giratorias:
Trazar las inversiones y puestos en consejos de administración de empresas de defensa (Lockheed Martin, Raytheon, etc.) por parte de ex-funcionarios estadounidenses clave que promovieron políticas duras contra Irán.
Documentar el flujo de donaciones de campaña desde grupos pro-israelíes (AIPAC, PACs asociados) hacia políticos que luego ocupan cargos en comités de defensa y relaciones exteriores.
Coordinación de narrativa y planificación:
Minutas o testimonios que muestren coordinación explícita entre funcionarios israelíes (del gobierno o del Mossad) y sus contrapartes estadounidenses antes de que EEUU tome decisiones clave (como salir del JCPOA en 2018). ¿Se le presentó el plan de presión máxima a EEUU como un plan israelí que EEUU debía adoptar?
Veamos los elementos disponibles: ¿Se utilizan los mismos talking points, metáforas e incluso datos de inteligencia (a veces cuestionables) de forma sincronizada?
Documentación de objetivos a largo plazo:
Textos fundacionales de think-tanks neoconservadores (Proyecto para un Nuevo Siglo Americano -PNAC-, FDD) donde se vincule explícitamente la seguridad de Israel con la necesidad de remodelar el mapa de Oriente Medio, empezando por Irak (2003) y siguiendo por Irán.
Declaraciones privadas filtradas de figuras como Netanyahu o de embajadores israelíes en EEUU hablando de “manejar” la política exterior estadounidense en la región.
Una alianza estructural
Además existe una alianza estructural entre:
- El ala nacionalista/israelocéntrica del establishment de seguridad de EEUU.
- El gobierno de línea dura de Israel.
- El complejo militar-industrial estadounidense.
- El lobby pro-israelí y la derecha evangélica en EEUU.
Esta alianza ha trabajado activa y exitosamente para hacer de Irán la principal prioridad de seguridad de EEUU en Medio Oriente, a menudo por encima de otros intereses estratégicos. Han creado las condiciones y la voluntad política para los masivos preparativos militares.
Ahora, calificar esto como un simple “acuerdo para tener poder absoluto” quizás es simplificar en exceso. Es más bien una simbiosis de intereses percibidos: Israel obtiene la superpotencia de su lado para lidiar con su principal enemigo, y una facción de poder dentro de EEUU obtiene legitimidad estratégica, ganancias económicas y capital político doméstico.
La prueba definitiva sería: si mañana Israel hiciera las paces con todos sus vecinos y declarara que Irán ya no es una amenaza, ¿EEUU retiraría su flota y levantaría las sanciones? La respuesta probablemente es NO, porque para entonces los intereses de seguridad de EEUU (reales o inflados), las inversiones estratégicas y la dinámica política doméstica ya habrían creado una razón de Estado propia para la confrontación con Irán.
En esencia, podemos captar el motor principal que encendió y aceleró esta confrontación. Pero una vez en marcha, el vehículo (la política de EEUU) desarrolla una inercia y unos intereses propios que todos los conductores, incluidos los que lo pusieron en marcha, deben ahora manejar con cuidado para no estrellarse y que el tiro no salga por la culata.





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