El desequilibrio de Trump en su manejo de la guerra con Irán

Nicolás Salcito

Propietario y director de Haciendo Camino Ediciones Águila Mora Declarada de Interés Cultural (Res. Nº 2379/14)

abril 4, 2026

Por Aldo Martín  –  https://aldomartin.ar/

1. La contradicción fundacional: prometió no entrar en guerras

El punto de partida más revelador es la promesa de campaña. Trump asumió el cargo prometiendo mantener a Estados Unidos al margen de intervenciones militares «estúpidas», y sin embargo en enero de 2026 respondió a las protestas internas en Irán amenazando con acción militar y lanzando el mayor despliegue militar estadounidense en la región desde la invasión de Irak en 2003. Esto generó una fractura incluso dentro de su base más fiel: veteranos del ejército que lo habían votado desde 2016 declararon sentirse traicionados, preguntándose por qué no se enfocaba en los problemas económicos de los propios estadounidenses.

2. Lo verbal: amenazas, contradicciones y bravuconería sin sustento

Declaraciones que chocan con la realidad:

Su afirmación de que la batalla «fue ganada militarmente» chocó de frente con la realidad de un Irán que seguía estrangulando el suministro de petróleo y gas del Golfo Pérsico mientras lanzaba ataques con misiles en toda la región.

El «Estrecho de Trump»:

En un discurso público, Trump llegó a referirse al estrecho de Ormuz como el «Estrecho de Trump», para luego corregirse diciendo «disculpen, Ormuz», y agregar: «Las noticias falsas dirán que lo dijo accidentalmente. No, conmigo no hay accidentes.» — una mezcla de grandilocuencia y negación de lo evidente.

La guerra que no es guerra:

Trump dijo tener «una razón legal» para llamar al conflicto «conflicto militar» en lugar de «guerra» — aparentemente para evitar el requisito constitucional de solicitar autorización al Congreso. Es decir, usa el lenguaje de forma instrumental para eludir controles institucionales.

«Cuando yo lo sienta»:

Cuando le preguntaron en Fox News cuándo terminaría la guerra, Trump respondió: «Cuando yo lo sienta.» Una respuesta que revela ausencia total de estrategia articulada.

3. Lo diplomático: habla de negociaciones que no existen

Uno de los patrones más perturbadores es la disociación entre lo que Trump anuncia y lo que realmente ocurre.

Mientras Trump aseguraba que sus emisarios sostenían conversaciones con representantes iraníes y que se habían encontrado «puntos importantes de acuerdo», medios vinculados al régimen en Teherán y voceros oficiales rechazaron enérgicamente esas afirmaciones, negando que hubieran existido conversaciones directas.

El rechazo iraní contrasta con las declaraciones de Trump, quien había asegurado que existían conversaciones «productivas». Irán calificó la propuesta de 15 puntos como «excesiva» y «alejada de la realidad del fracaso de Estados Unidos en el campo de batalla».

Irán llegó aún más lejos en su interpretación: Teherán acusó a Washington de llevar adelante «un tercer proyecto de engaño» para presentarse como pacífico mientras preparaba nuevas acciones agresivas, recordando que los ataques de junio de 2025 y febrero de 2026 fueron ejecutados precisamente mientras transcurrían negociaciones.

4. Lo estratégico-militar: sin plan, sin salida

Lo que revela desequilibrio no es solo el error de cálculo sobre el estrecho de Ormuz —que podría atribuirse a sus asesores— sino la respuesta de Trump una vez que la realidad lo contradijo: en lugar de reconocer el error y ajustar la estrategia, intensificó la retórica triunfalista mientras la situación se deterioraba. Un líder estable reconoce cuando una premisa falló; Trump la niega o la redirige hacia un nuevo enemigo (los medios, los aliados «cobardes», los demócratas).

El nuevo dilema de Trump alimenta la preocupación de analistas de que carece de una estrategia o de un objetivo final para una guerra que inició sin consultar al Congreso ni convencer al pueblo estadounidense de sus costos. CNN

El desequilibrio aquí no está en haber subestimado a Irán —eso es un error estratégico clásico— sino en la incapacidad de adaptar el discurso y la conducción a la realidad del terreno, manteniendo un relato de victoria mientras seis de cada diez estadounidenses percibían que la guerra iba mal.

5. Lo político-interno: aislamiento y pérdida del relato

Los límites del poder de Trump quedaron claramente de manifiesto: le tomó por sorpresa la resistencia de los aliados de la OTAN y otros socios a desplegar sus armadas para ayudar a asegurar el estrecho de Ormuz.

Lejos de reconocerlo, su respuesta fue atacar verbalmente a los aliados: un Trump a la defensiva calificó de «cobardes» a los demás países de la OTAN por negarse a ayudar.

El indicador de desequilibrio no es que la oposición lo critique —eso es esperable— sino cómo reacciona Trump ante la crítica. En lugar de responder con argumentos o datos, recurre a la acusación de traición:

A medida que el conflicto se prolongó, surgieron indicios de la frustración de Trump por su incapacidad de controlar la narrativa, llegando a formular acusaciones infundadas de «traición» contra medios de comunicación que informaban sobre temas que, a su juicio, socavaban el esfuerzo bélico. La Jornada

Esta es una conducta clásicamente desestabilizadora en un líder: cuando la realidad no se ajusta al relato propio, el problema no se busca en la estrategia sino en quienes la reportan. Combinado con el aislamiento real —aliados que no acompañan, Congreso no consultado, opinión pública deteriorada— lo que emerge no es un líder que navega una guerra difícil, sino uno que construye una burbuja de relato triunfalista mientras las variables objetivas se mueven en sentido contrario.

6. El oscilamiento entre aniquilación y negociación

Quizás el síntoma más claro de inestabilidad en el accionar es el péndulo constante entre la amenaza máxima y el gesto conciliador: el mandatario osciló entre amenazas reiteradas de «aniquilar» a Teherán y afirmaciones de que Irán estaba a punto de capitular y de que las negociaciones iban muy bien.

Incluso una pausa que anunció en ataques a infraestructura eléctrica iraní fue desmentida en su naturaleza: Trump declaró que suspendía los ataques «a petición del Gobierno iraní», pero Teherán desmintió de forma reiterada que existieran conversaciones directas.

En síntesis

El patrón es consistente: maximalismo verbal, improvisación estratégica, aislamiento diplomático y disonancia con la realidad en el terreno. El patrón que emerge no es el de un presidente que conduce una guerra difícil con recursos imperfectos. Es el de un líder que opera desde el impulso, no desde la estrategia: amenaza con aniquilar, luego anuncia negociaciones que no existen; declara victorias mientras el estrecho de Ormuz permanece bloqueado; llama «cobardes» a los aliados que no lo siguen; evita el Congreso con un eufemismo semántico; y cuando la realidad lo contradice, acusa de traición a quienes la reportan.

Lo que define el desequilibrio de Trump no es haber entrado en guerra —otros presidentes lo hicieron— sino la ausencia de un yo estable que sostenga decisiones coherentes a lo largo del tiempo. Cada declaración parece diseñada para el momento en que se pronuncia, sin ancla en lo que dijo antes ni en lo que ocurre después. No hay doctrina, hay estado de ánimo. No hay política exterior, hay escenografía.

Y esa inestabilidad no es inocua: cuando quien maneja el arsenal más poderoso del mundo toma decisiones según «lo que siente», el riesgo no es solo político. Es existencial.

Fuentes consultadas : Britannica , Council on Foreign Relations , CBS News , NPR , Wikipedia , Associated Press , Truthout , The New Yorker , Democracy Now , y otras.

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