Por Gerardo Molina – La Página Literaria
VIII
La Quinta de Illa
Es una vasta zona rural enclavada en la 3era. Sección del departamento de Canelones. Pago legendario, de rica historia y tradiciones. La evocación tiene, naturalmente, un hondo peso emotivo, por ser el lugar elegido por tantas familias españolas (en especial de origen canario) e italianas. Entre ellas, mis mayores: Molina, Castrillo, Prando. “El valor de recordar lo propio, de la tierra donde uno nació, no tiene precio…” nos escribe Carmen Iris de León desde Traslasierra, Córdoba.
Debe su nombre a don Jaime Illa y Viamont, quien a mediados del siglo XIX, compra a los sucesores de Pedro Esteban Pérez “cuatro fracciones de campo situadas en el departamento de Canelones, en el paraje denominado Cerrillos, con fondos al Río Santa Lucía” (según escrituras de 1837, 1855 y 1858), origen de la Estancia o Quinta de Illa. Unas 300 cuadras de campo, aproximadamente, de las cuales unas 60 hectáreas dedicó a la quinta con viñedos, manzanares, perales, membrillares, moreras y olivares con largas calles bordeadas de eucaliptos, pinos, álamos y acacias. El cuerpo principal de las poblaciones lo constituía una casona de dos plantas con grandes rejas y un jardín donde el exotismo y lo autóctono conformaban un paraíso vegetal, del que aún quedan curiosos ejemplares como un papiro o árbol del papel, palos borrachos, un frondoso timbó (oreja de negro), junto a eucaliptos, palmeras, laureles, robles y olivos y el muy criollo ombú. Hasta hace unos pocos años se podía admirar un roble más que centenario cuyo tronco no llegaban a rodear dos hombres con los brazos extendidos. Los vecinos también recuerdan altos y espesos bucares, sóforas lloronas y espléndidos rosales. La casa, de ancho ladrillo de campo, lucía grandes arcadas, piso de madera y sótanos. Un pozo profundo, con brocal y paredes también de ladrillo de unos dos metros de diámetro, al costado izquierdo de su frente; y en lo que fue un patio interior, un aljibe, muestran restos de su grandeza. En los buenos tiempos, llegaban a la Quinta en lujosos carruajes familias de montevideanos a descansar y participar de animados saraos que todavía se recuerdan. La lectura, que instruía y recreaba, atrajo el interés de los Illa, a juzgar por la biblioteca que tuvimos oportunidad de conocer por 1957 con libros en español, francés, inglés y chino y colecciones de revistas barcelonesas del siglo XIX. Recordamos que Francisco Lorenzo Jaime Illa, padre del fundador de la Quinta, era natural de Caldas de Estrach, Barcelona y se había afincado en Montevideo en 1785, de ahí el interés de mantener la comunicación con la tierra de origen.
La señora Ana María Colombo Cabrera, nos comentaba a través de la Red, hace algún tiempo: “Recuerdo perfectamente la avenida de olivos, varias veces la recorrí con mis tíos y abuelo Ramón, la casona, el árbol del papel, recuerdo los azulejos de la cocina en tonos azules… una lástima no haber mantenido esa reliquia tal cual estaba…”
Según cuenta la tradición, uno de los Illa –probablemente Emiliano- antes de marchar a la guerra del Paraguay, colocó en un viejo arcón un “chapeao” de plata y oro y una bolsa de onzas y doblones. El misterio, si admitimos la verdad de esta leyenda, estriba en saber en qué lugar de la Quinta estaría escondido ese tesoro o, si alguien ya no dio de buenas a primeras con él y guardó sobre el hecho un prudencial silencio. En lo que a nosotros respecta, en una de la tantas visitas a la Quinta, hace algunos años, encontramos nuestro propio tesoro: por un lado el reencuentro con una naturaleza en partes aún agreste, inculta y feraz, claros y montes de los cuales se diría que, con la rapidez e intensidad de un relámpago, y como escapados de la historia, habría de surgir un grupo de indígenas rasgando la espesura; y por otro, el que conforma nuestra gente de campo –sufrida, tenaz y laboriosa y con esperanzas siempre-, hospitalaria y generosa. Y el sentido recuerdo para María (“Marucha”) Arocena de Peisino, gentil y vivaz viejecita que nos contara, por entonces, de los paseos a la Quinta en tiempos de Octavio Illa.
“A la Quinta de Illa”
En casa de la familia González- Peña, por los años noventa, compartíamos -mate y fiambres caseros mediante- nuestras novedades literarias con el músico y celebrado intérprete Wilson González. Y a propósito de unas cuartetas que yo había escrito sobre el pago, me sugiere que agregue otras estrofas para musicalizarlas con el Grupo “Sendas” que integraba junto a Sergio Núñez (voces y guitarras), Denis Raykoff (acordeón y teclado) y Mario De León (bajo y percusión), después Miguel Perucchi. Surge así la ranchera, que incluyen en su primera casete, tema que les (y nos) ha dado numerosas satisfacciones. Incluida, años después, en el compacto “Del Campo Vengo” (2007) donde César Cabrera Altez comparte la interpretación con Wilson y Sergio.
La ranchera es un homenaje a nuestros mayores, esforzada estirpe de labriegos -descendientes de canarios e italianos-, que solían tener, luego de duras jornadas, y como un necesario y merecido solaz, sus tertulias y bailes familiares en ranchos con pisos de tierra e improvisada «tualet», donde Facal Castrillo -«cordionero» de ley, de aquellos que iban al frente de las legendarias comparsas a caballo- lucía sus habilidades para que los paisanos se floreasen entre valses, chotis y rancheras.
Ña Felicia aparece como una de las tantas hacendosas amas de casa siempre dispuesta a brindar sus exquisiteces -criollo amasijo mediante- cuando un alto en el baile permitía que las mozas casaderas escondieran su rubor tras una de sus tortas mientras el paisanito -festejante en cierne- se acercaba con una copa de anís o de vermut.
A la Quinta de Illa
Rancherita de mis pagos
Que bailaron mis abuelos,
Allá por la Quinta de Illa,
Rancherita de otros tiempos.
Ya vienen los musiqueros
Y los criollos a la fiesta,
Vamos a regar los pisos
Pa’ que no vuele la tierra.
La picardía chispeaba
En los ojos, en las manos,

En el rubor, la sonrisa
Y en el verso a flor de labios.
Rancherita de mis pagos
Que bailaron mis abuelos,
Allá por la Quinta de Illa,
Rancherita de otros tiempos.
Recostaos al mostrador
Unos mocitos se entonan,
Andan buscando coraje
Pa’ ver si consiguen novia.
Y otros mozos atrevidos
Aprietan sin más respeto
Y las manos se deslizan
De la cintura hasta el cuello.
Ya está pronto el amasijo
Pa’ las criollas tortas fritas,
Grandes como rueda ‘e carro
Si las hace Ña Felicia.
Las comadres se quedaron
Pasmadas, de boca abierta
Cuando entró a tocar Facal
Su acordeón de doble hilera.
Rancherita de mis pagos
Que bailaron mis abuelos,
Allá por la Quinta de Illa,
Rancherita de otros tiempos.
Allá por la Quinta de Illa,
Rancherita de otros tiempos.
Letra: Gerardo Molina
Música: “Sendas”





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